Vladimir Tatlin y las plegarias no atendidas

| miércoles, 20 de septiembre de 2017 | 11:48


En la historia de las plegarias no atendidas, contamos con el fantástico Monumento a la Tercera Internacional de Vladimir Tatlin, uno de esos genios que se escurren en la historia. En la recreación de la foto se planeaba construir la torre en San Petersburgo, cuatrocientos metros de hierro, acero y vidrio -más alta que la torre Eiffel-, futura sede de la Internacional -y de algunos restaurantes-. El proyecto se presentó a comienzos de los años veinte del siglo pasado, pero la guerra y los costes de construcción lo jibarizaron a una maqueta. La vida de Vladimir Tatlin, arquitecto, pintor y escultor constructivista es igual de apasionante que este proyecto. 

Malaparte en Cataluña

| viernes, 8 de septiembre de 2017 | 13:09

Los independentistas catalanes no han leído a Curzio Malaparte. En su justamente célebre La técnica del golpe de Estado, el toscano explicaba las claves para dar un golpe como dios manda: directrices claras, una minoría dispuesta a morir, acojonar a la mayoría para que permanezcan neutrales o al menos convencerles de que la cosa no va con ellos, y, sobre todo, ninguna piedad. Leyendo los documentos sobre los que basarán el futuro de la república catalana, llego a la conclusión de que al final todo se reduce a una minoría totalitaria que quiere gobernar sobre una mayoría obviando cualquier viso democrático. Estos señores lo hacen sabiendo que no los pueden fusilar -como hubiera sido podido ser el caso de una derrota bolchevique o el 18 Brumario-, y que las leyes españolas, estas sí democráticas, pueden ser duras pero no letales. Sin ese estado mental de César o Nada ningún golpe de estado puede llegar lejos. El intento de nulificar un orden jurídico por un nuevo orden ilegítimo -¿les suenan los nacionalsocialistas en el 33 con su Ley Habilitante Alemana, tan parecida a la de Transitoriedad?- ya no puede tratarse con eufemismos que no permiten identificar el problema y aplicar la receta adecuada. La democracia española es fuerte, cosa que estos señores no parecen entender, y que si hasta ahora ha habido permisividad con tanta insensatez y chapucería, en toda relación llega el momento de dar un golpe en la mesa. Constitución, Ley de Seguridad Nacional, Código Penal, Estados de Alarma, Excepción y Sitio… el Estado no ha de tener ningún reparo en dar ese golpe porque hay una democracia que proteger. El mismo Puigdemont confunde sentido con razón de Estado, tergiversa el significado del "mandato democrático", alude espuriamente a mayorías inexistentes, chalanea con las leyes a lo Carl Schmidtt, inventa agravios económicos, hace oídos sordos a la invitación de defender sus tesis en el Congreso de los Diputados, pretende "reeducar al pueblo", incautar los bienes estatales, amnistiar a "sus" delincuentes... El disparate nacional, lo titularía el gran Berlanga si pudiese hacer una película sobre los acontecimientos. En el parlamento europeo han sido claros: atacar la Constitución Española es atacar Europa. Blanco y en botella. Si los independentistas creen que van a desatar un levantamiento de los ciudadanos catalanes que saldrán a la calle con un pecho fuera para protegerlos de las inhabilitaciones, multas y cárcel que les van a caer encima, es que hace tiempo que están más pasados que el Sombrerero Loco. 

El mejor steak tartar

| lunes, 4 de septiembre de 2017 | 14:25






Siempre comienzo la temporada con una recomendación gastronómica. Si les gusta el steak tartar, en Madrid tienen un lugar, Babelia Café, que aparte de ponerlo aliñado como dios manda, proponen una sorpresa: un helado de mostaza con el cual ir punteando la carne. Delicioso, de verdad. 


Descanso estival

| domingo, 16 de julio de 2017 | 12:06

El marfil de la torre cierra por vacaciones. Regresamos en septiembre. No obstante, recuerden que pueden seguirme este agosto a nivel nacional en Onda Cero. Todos los miércoles una hora de Afinando los sentidos con entrevistas, recomendaciones, historias, música... Que disfruten las vacaciones. 

Semana Negra de Gijón 2017

| miércoles, 5 de julio de 2017 | 10:38


Vamos que nos vamos. El Tren Negro partirá este viernes hacia Gijón, y allí estaremos del 7 al 16 de julio escribiendo a diario para El Comercio. El festival canónico de España, no se lo pierdan. Además tenemos cachopos!!

El banquete celestial

| miércoles, 28 de junio de 2017 | 9:44

Tras leer la merecidamente célebre colección de relatos Knockemstiff, cuando descubrí la nueva novela de Donald Ray Pollock, El banquete celestial, me apresuré a sumergirme en ella. Knockemstiff era brillante, y siempre temes que la siguiente obra de un autor quede demediada, pero Pollock continúa con su prosa descarnada e impactante, que a pesar de contar cosas tremebundas lo hace de tal manera que no puedes apartar la mirada de sus portentosas imágenes. La novela se plantea como un western, pero, al igual que la última hornada de libros de género, Zebulon, Warlock, En busca de New Babylon… están entreverados de elementos filosóficos, pulp y psicodélicos en una continua reinvención de las historias clásicas. Los personajes de este autor, siempre estigmatizados, malditos, llenos de odio y rabia, en esta ocasión están situados entre Georgia y Alabama en 1917; una especie de hermanos Dalton de quinta categoría que, hartos de pasar hambre, deciden renunciar al banquete celestial que espera en el Cielo a los bienaventurados mansos y pobres para calzarse unos pesados revólveres y dedicarse a asaltar y matar a tutiplén. Entremedias, una galería de magníficos secundarios, atrabiliarios, psicópatas, aventureros, pícaros, siempre lo mejor de cada casa. Donald Ray Pollock es comparado con los hermanos Cohen, con Cormac McCarthy, con Faulkner o Flannery O´Connor, pero se olvidan de Steinbeck y la miseria y el polvo de Las uvas de la ira o Al este del Edén, y de las extrañas novelas de Erskine Caldwell; también de las historias de Harry Crews o Edward Bunker. En todo caso asistimos a la desaparición de un mundo, el salvaje Oeste, y la aparición de la sociedad moderna, y en ese prolegómeno de dos guerras y una depresión los protagonistas sueñan aún con un universo donde poder ser forajidos de leyenda, y una libertad donde los espacios son abiertos y sin ley. Pero los tiempos han cambiado, recitan los personajes de Peckinpah, mucho más lúcidos que estos hermanos Jewet, que solo obtendrán un diorama de un lumpen amoral y violento, en el que los gusanos salen del interior de cadáveres, funcionarios públicos de dedican a rescatar a bebés abandonados en letrinas, hay que mujeres que ofrecen perversiones sexuales, oficiales que están por salir del armario, vagabundos en conexión directa con Cristo, chulos de putas con bombín…

La Transición

| domingo, 18 de junio de 2017 | 9:41

Aquí no podemos ganar, dijo Robert Mitchum en Retorno al pasado, solo una manera de perder más despacio. Seguramente eso fue lo que pensaron todas las fuerzas de la Transición cuando decidieron que pelillos a la mar y que vamos a poner esto en marcha, porque si no volvería a haber hondonadas de hostias, Airbag dixit. A pesar de los recientes intentos de desprestigiar la Transición, pasar de una casposa dictadura a una tierna y endeble democracia con los tiros justos -300 muertos entre 1973 y 1983- fue un hecho milagroso. El precio a pagar, olvido de los criminales de guerra, toda la mierda bajo la alfombra, el mirar hacia otro lado, fue altísimo, pero sin duda mucho menor que el que podría haberse cobrado. Solo hace falta recordar las Cortes de aquel gran hombre, Torcuato Fernández Miranda, con la mayoría de los asientos llenos de uniformes de la Falange y de militares, los ultras de todos los colores haciendo presión en las calles, la crisis del petróleo que empobreció el país, Arias Navarro golpeándose el pecho, la conflictividad laboral en las calles, el golpe de Pinochet contra Allende, la invasión de Afganistán… Se hizo lo que se pudo con los peligrosos mimbres que había, y fue mucho, con un rey emérito hoy demediado pero cuya voluntad democratizadora en aquel entonces fue cardinal para que el proceso avanzase -recordemos que Juan Carlos I tuvo en sus manos todo el poder de Franco y renunció a el; recordemos el arakiri de las Cortes Franquistas al tiempo que se juraban los principios del Movimiento-. Con cada paso, la disolución del Movimiento Nacional, la legalización del Partido Comunista, la conformación de un partido de aluvión como UCD para pilotar la metamorfosis… se pisaba un callo que podría explotar en un duelo de garrotes. Aprobación de una Constitución, la proclamación de un Rey, unas elecciones, la Ley de Reforma Política, las Cortes Bicamerales, la consolidación del modelo de partidos... todo en un intervalo de tres años se me antoja uno de los ejercicios políticos que me concitan más admiración, aun sabiendo todas las facturas que no se pudieron cobrar. Al final, el 15 de junio de 1977, 18 millones de españoles fueron a votar a una urna después de cuarenta años de dictadura. Hay que fijarse que la grandeza y la dificultad, la libertad y la responsabilidad de la democracia representativa y parlamentaria era lo único que nos podía salvar del abismo. Lo único, a día de hoy, que puede continuar haciéndolo.

El elixir

| domingo, 11 de junio de 2017 | 10:27


Partamos de una premisa clara: envejecer es una mierda. Para la gente normal, seguro, pero el asunto se enreda más si eres un billonario de Silicon Valley con recursos terrenales infinitos pero un periodo biológico limitado. El tope a día de hoy está en los 120 años. Es un poco frustrante ser consciente de que no se puede sobornar a esa Dama que según Cocteau viajaba en Rolls.  Los inversionistas han descubierto una nueva frontera donde inyectar su plata: las empresas tecnológicas que buscan alargar la vida, y con suerte, encontrar lo que ellos llaman la píldora de dios, la llave genética de la inmortalidad. Transfusiones de sangre, bailes de cromosomas, enzimas, telómeros, genes… lo estamos intentando todo para destilar un elixir que nos prolongue este valle de lágrimas -para unos más que para otros, seamos realistas-. 150.000 personas mueren cada día víctima de la termodinámica y la entropía; muchos de los investigadores están centrados solo en alargar la vida y mantenernos en condiciones dignas hasta llegar a una muerte sin dolor, pero hay otros, los mad doctors, que van a por el premio gordo. Las larvas de las abejas con capaces de prodigios metamórficos; los tiburones de Groenlandia viven quinientos años y no padecen cáncer; cierto tipo de almejas que nosotros con comemos con alegría también viven sus quinientos añitos sin despeinarse.  Desde 1900 hemos incrementado nuestro tiempo de vida en 30 años, y con ello han aparecido enfermedades que no sufríamos antes: demencia, cáncer, infartos… ¿Qué nuevos problemas aparecerán si vivimos doscientos o trescientos años? ¿Se imaginan a Trump dando la matraca durante centurias?, ¿qué será de la innovación si esta depende de seres que llevan viviendo siglos? Y sobre todo, ¿si logramos la inmortalidad conseguiremos también la juventud eterna?: porque, la verdad, no me apetece vivir mil años con el cuerpo de un anciano. El síndrome Dorian Gray -o de Camilo Sesto, según se mire-, recorre el planeta. Hablan de un mercado, este de la longevidad, que estaría en torno a los doscientos billones de dólares, y se ha desatado la carrera por ver quién logra primero el cóctel de pastillas que haga que los novecientos años que llevaba viviendo Yoda en Star Wars nos parezcan un entremés. Quién quiere vivir para siempre, cantaba Freddie Mercury; bueno, tanto, tanto, no, pero yo los trescientos años los firmo ya.

La teoría del tiramisú

| viernes, 2 de junio de 2017 | 23:20


Entre la pléyade de intereses intelectuales que me desvelan, un lugar preeminente lo ocupa, sin duda, el tiramisú. Suave, cremoso, absolutamente delicioso. Si la felicidad se mide en cucharadas, todas las que proporciona el restaurante Forte Pizza, en Madrid, van a ser pocas. Y no se olviden de la burrata trufada. Tampoco de las pizzas. 

http://www.fortepizza.es/

Las Furias

| lunes, 29 de mayo de 2017 | 14:13

Todo cambia, aunque no queramos, y casi siempre a peor. Con esta frase, uno de los protagonistas de la película Las Furias expone un sentimiento trágico de la vida. La familia como género artístico, lugar de acogida pero también de disensión, venero de calidez pero rayo que no cesa. Miguel del Arco realiza una exégesis de la tribu, los Pontealegre, rencillas, pasiones, odios, hiperestesia… nada que no conozcamos de primera mano y que por lo mismo no podemos dejar de mirar. Una gavilla de actorazos -qué papel el de Alberto San Juan-, que pone en escena la catarsis del grupo con un horizonte de referentes adventicios, Celebration, American Beauty, August, Quién teme a Virginia Wolf… Las Erinias, las Euménides, las Benévolas; Alecto, Tisífone, Megera; la implacable, la celosa, la vengadora; terroríficas figuras que no dejan crímenes impunes y persiguen a los hombres con el mismísimo infierno hasta hacerlos enloquecer, se ceban en los Pontealegre: matriarcas que se lían con jovencitas, leyendas del teatro que pierden la memoria, primogénitos marcados por el cangrejo de la enfermedad, talentos varados en las playas de su propio desorden… infidelidades, traiciones, envidias, recuerdos demasiado compartidos que ya no sirven como áncoras para mantener la ilusión de la estirpe. Cada uno de los nombres, Aquiles, Casandra, Héctor, remiten a una tragedia, y cada una, con su propia máscara. La única lástima es que tras dos horas de desarrollo dramático la película termine con un final tan apresurado como inverosímil; también falla la sobreactuada Macarena Sanz haciendo de niña psicótica, y que el intento de reproducir la intensidad de la Magnolia de Paul Thomas Anderson se resuelva en sobrecargas innecesarias de estímulos. No obstante los fallos, hay más aciertos, y Miguel del Arco, con un caché teatral suficientemente acreditado, fusiona cine y teatro ya desde las primeras secuencias en las que la felicidad de un arcádico pasado da paso a unos vínculos familiares tan estrechos que han llegado a estrangular a los miembros del clan. La tragedia es el centro de una buena comedia, el drama conlleva la ironía, y nuestra mirada ha de ser compasiva ante unos personajes que no dejan de reflejar nuestra humanidad: ¿Quién no ha ido a regañadientes a una comida familiar, recorrida de los entremeses al postre por todas las cosas que no nos podemos decir, so pena de que despierten las furias?