La amenaza dental

| martes, 6 de diciembre de 2016 | 10:19


La salud dental no es cara, es carísima. Y como toda salud resulta cardinal. A ello se le añade el componente estético, con todas las cortapisas sociales que produce una boca en mal estado. El cuidado de los dientes no entra dentro de las prestaciones de la seguridad social -salvo empastes infantiles y extracción de muelas-, por lo que pasa directamente al bolsillo del ciudadano. Las facturas por arreglos sensatos son altas, pero lo que me ha escandalizado últimamente son las insensatas. Se supone que el dentista es un médico, y como tal sujeto a un juramento hipocrático -aunque me cuentan que un estomatólogo y un odontólogo no son lo mismo-, y en todo caso debería tener un responsabilidad ética respecto a la salud del paciente. Estoy seguro de que la mayoría de profesionales son serios, pero ha proliferado una plaga de dentistas que solo están sujetos a las demandas del mercado sin atención alguna a las posibles consecuencias sanitarias. Un caso: un cliente con una simple gingivitis que se cura con una cirugía periodontal -pongamos 500 euros-, se transforma ante la mirada espantada y teatral del dentista en una extracción del diente y sustitución por un implante de tornillo injerto de hueso mediante -3000 euros-, una intervención quirúrgica que se alargará seis meses con todos los riesgos e incomodidades que eso supone para el paciente. Es solo una muestra. A esto añádanle los constantes diagnósticos para ir sumando ceros a las facturas, que si una muela pocha por aquí, que si un anclaje mírame y no me toques por allá, y ya tenemos la versión más perversa del enfermo imaginario. Yo me pregunto qué tipo de personas pueden jugar con la salud de los ciudadanos de esta manera. La presión del mercado, la competencia, la simple avaricia... ¿Debería el Estado empezar a plantearse meter mano en este asunto? En todo caso recomiendo que ante ciertos desvaríos de dentistas privados se pida siempre opinión a dos o tres más, y si no se convencen ir a un “sacamuelas” de la Seguridad Social y pedir un cuarto diagnóstico. Ellos cobran un sueldo fijo y no tienen en la cabeza hacer un estropicio para pagarse las vacaciones familiares. 

Las sorpresas de Godello

| lunes, 28 de noviembre de 2016 | 16:26


Ahora que la uva Godello se ha puesto de moda, todo el mundo la quiere, pero hay de todo. He estado probando unas cuantas bodegas -alguien tiene que sacrificarse- y me he encontrado este Louro, hecho en Valdeorras. Untuoso y fresco, muy equilibrado. La Guía Peñín y Parker lo puntúan bien, y yo le doy mi bendición, que no quiero ser menos. Disfruten. 

Conferencias en El Cairo

| jueves, 17 de noviembre de 2016 | 17:49


Estaré en el Instituto Cervantes y en la universidad de El Cairo del 19 al 24 de noviembre 2016. Talleres y conferencias.

I will be at the Cervantes Institute and El Cairo´s university from the 19th to the 24th of November 2016. Leading workshops and giving conferences.

El huevo de la serpiente

| lunes, 14 de noviembre de 2016 | 11:48

Trump no es la enfermedad, es el síntoma. Tras la ironía de Frank Underwood, el presidente ficticio de House of Cards, “la democracia está sobrevalorada“, subyace una pregunta mucho más inquietante: ¿Cómo ha llegado este huevo de serpiente hasta el Despacho Oval? En vez de desgañitarnos contra los populismos, hay que hacer autocrítica. Las políticas neoliberales que han laminado la clase media y el hastío que esto ha provocado entre la población; la dinámica de los media, que prioriza las noticias virales sin contrastar y en los que la mentira es el nuevo marco de la realidad. Si eres un señor de Luisiana -o de cualquier otro lugar del mundo- que necesita tres empleos para poder llegar a fin de mes, no puedes afrontar las coberturas médicas y estás continuamente bombardeado por mensajes falsos, es normal que veas a un inmigrante no solo como competencia, sino como un peligro que te puede arrebatar lo poco que tienes. Añádase a esto la despreocupación por solventar los conflictos internacionales hasta que estos no están picando a tu puerta, y en este caso a tus playas. Evidentemente no podemos minusvalorar el peligro que entraña Trump y el ejemplo público que está dando a las nuevas generaciones, cada uno puede imaginarse el mensaje que proyecta. Pero tampoco nosotros, los “virtuosos”, estamos libres de culpa. Es el momento de que Europa se plantee levantar el “muro de escudos”, que dicen en la serie Vikings, y empiece a lavar su propia colada sin tener que depender del detergente americano. Siempre he dicho que hasta que la Unión Europa no disponga de una política exterior común, con portaaviones en todos los mares, no pintaremos nada en el planeta. Y más ahora que los ingleses están viendo la oportunidad de fortalecer sus lazos -aún más- allende los mares. El caso Trump, aunque sus políticas queden morigeradas por la realpolitik y su “check and balance”, marca un antes y un después en el devenir no solo americano, sino mundial. Fukuyama aseguró en su momento que la Historia se había detenido, pero a mí me parece que este muerto está muy vivo, y tiene un Colt en la mano. 

Patria

| jueves, 3 de noviembre de 2016 | 12:52

Hay un mal que es como una ráfaga de halitosis, un mal silencioso, sin aspavientos, que hace que tengas que marcharte de los sitios con impotencia y rabia. Ese mal es el que describe Fernando Aramburu es su inmensa novela “Patria”, un fresco de la sociedad vasca que describe el proceso de radicalización de una masa que sigue al pie de la letra los procesos descritos por Elias Canetti en su ensayo “Masa y Poder”. La búsqueda de un enemigo exterior, la culpabilización de las víctimas, la adulteración de las leyes, el culto a los héroes, la repetición de una mentira que acaba por transformarse en dogma, el maniqueismo, la conformación del “Volk”, la perversión de los lazos familiares, la corrupción de la amistad… Los diversos personajes que recorren los numerosos capítulos cortos son pedazos prismáticos que van girando para describir las décadas de terrorismo en Euskadi, el efecto de la lucha armada en la cotidianeidad, un retablo privado situado como un Belén a la manera de Scott Fitzgerald, cuando aseguraba que emplazamos la guardia más fornida ante las puertas de la Nada, tal vez porque la condición del vacío es demasiado vergonzosa para ser divulgada. Hay una escena terrible que compendia las 642 páginas: cuando la víctima, ya acosada por los radicales, intenta continuar con sus costumbres, la ruta de cicloturismo dominguero junto a sus cofrades habituales, y de repente el silencio que ha marcado un círculo de tiza a su alrededor, el disimulo, el reproche mudo, la presunción de culpabilidad que termina por herrar su mejilla con un hierro ardiente. Nueve personajes que de una u otra forma, da igual a qué bando pertenezcan, pagan su libra de carne al dios caníbal del proceso armado.  Víctimas, victimarios, padres, hijos, amores, amistades, sueños… todo se lo lleva trampa, como se suele decir, cobrando especial densidad trágica la figura de las madres, ese matriarcado del norte, con sus raíces hundidas en atavismos tenaces que convierten una figura benévola en algo irreconocible. Patria es una novela que bien puede ser merecedora de un premio Nacional de literatura, porque muestra empatía, porque habla de la culpa y la responsabilidad, porque nos recuerda que la libertad, para mantener sus atributos, ha de mantener una dialéctica que anule ese siniestro silencio. 

Bruce Davidson

| domingo, 30 de octubre de 2016 | 9:39



Los consejos del diablo

| sábado, 22 de octubre de 2016 | 11:43

Decía Henry Kissinger -el diablo-, que la política no era tanto lograr la felicidad universal de la gente como encontrar las materias de interés común con el enemigo. El diablo, que lleva aquí desde que se encendió la primera estrella, algo tiene que saber. La política a golpe de tweet y frasecitas hechas no es capaz de leer la complejidad del mundo que nos toca gobernar, la cintura ha de ser mucho más elástica para obtener resultados. De hecho, los políticos no están cosechando más que la siembra de conceptos simplistas que han hecho durante todos estos años, y que a la hora de la verdad ahorman su capacidad de movimiento como una camisa de fuerza. Ellos se ahorcan solos. A la espera de que Errejón consume una nueva vía que morigere los excesos bolcheviques de su jefe -yo creí que Iglesias era más listo, la verdad-, el PP y el PSOE, con la alacridad de Ciudadanos, tendrían que devolver a las palabras su capacidad para hacer política real y efectiva, que no efectista. Descender al barro, donde las redes digitales no funcionan, y ponerse a recomponer el estado de bienestar y a rectificar la desigualdad social que nos abruma. Recuerden que los estudiantes hacen manifestaciones, pero los pobres hacen revoluciones. Por otro lado, continúa asombrándome la falta de redaños a la hora de que esas misma palabras no signifiquen lo que deben para enfrentarse al desafío secesionista. Conceptos como multa, inhabilitación o cárcel deberían de utilizarse con vigor ante los sucesivos chuleos a que nos tienen sometidos una camarilla de gente que actúan como infantes, forzando los límites una y otra vez sin que nadie se decida a quitarse el guante de seda. El PP debe pasar por una purga interna para cortar los miembros gangrenados a base de demasiados años de impunidad; el PSOE ha de aclararse las ideas y volver a proponer las alternativas socialdemócratas que hace mucho desestimó; Ciudadanos tiene que perfeccionar su vocación de engrasante entre los intersticios de la realidad, las componendas, las alianzas; Podemos -o lo que venga- ha de templar esa línea anarcoide pero necesaria, porque al igual que en su momento el surrealismo y el dadaísmo, no servirá para crear una sociedad estable pero alimentará con sus sueños a una sociedad capitalista y burguesa tendente al quietismo. Pero, ante todo, debemos continuar juntos, una España sólida y en formación de tortuga, a la romana, para enfrentarnos a los desafíos que se nos caerán encima de la forma más inesperada. La Historia debe continuar, y el diablo, querámoslo o no, seguirá a nuestro lado.  

Soles negros se va a Buenos Aires

| domingo, 9 de octubre de 2016 | 9:53


Gracias a la concesión del premio BAN a mi novela Soles negros, del 10 al 16 de octubre estaré en Buenos Aires, Argentina. Nos vamos para allá.

One shot

| martes, 4 de octubre de 2016 | 9:59

Daba mucha grima ver a Michael Cimino en sus últimos días, con ese aspecto de muñeco diabólico -o muñeca, ya que se había cambiado de sexo-, un poco en la línea mesiánica de Camilo Sesto. Un tipo excesivo y perfeccionista en su trabajo -que se lo digan a los actores de “La Puerta del Cielo“-, que finalmente se dejó desbordar por el daimon chiflado que todos los creadores llevamos dentro. Ya apuntaba formas al terminar el montaje de dicha peli, cuando los productores le rogaron que recortase las 5 horas y 25 minutos que duraba la primera versión, y él respondió: “Como mucho puedo quitar 15 minutos”.  En aquel tiempo, pasarse con la farlopa y el presupuesto era una cuestión de honor -léase el ensayo “Moteros tranquilos, toros salvajes“, de Peter Biskind-. Excentricidades apartes, este señor fue el autor de “Manhattan Sur“, cuando Mikey Rourke era todavía el übermenschen que todos queríamos ser, lío con Kim Basinger incluido. Una película visceral, sin concesiones, con Oliver Stone escribiendo el guión mano a mano con Cimino, y que probablemente sea la mejor actuación de Rourke en toda su santa y desmadrada vida. Pero yo de lo que quería hablar hoy es de “El cazador”, por eso el artículo se podría titular también “The Deer Hunter”. Porque estoy enamorado de ella, porque el cine ya no se hace así, y porque yo también hubiera querido salvar a Christopher Walken en la ruleta rusa final. “Yo te quiero“, le dice deNiro abrazándole desmoralizado, yo te quiero, y en esas pocas palabras condensa todo lo que hay de válido y bueno en la condición humana. Todo es un inmenso y conmovedor canto a la amistad, desde la primera parte de la película donde Cimino se permite una boda que consume minutos y más minutos, ampliando el tiempo y el espacio en un réquiem provinciano por los cuatro amigos, hasta la segunda en Vietnam, poderosa y terrible, lírica y atormentada. En la primera parte, dentro de la alegría y las risas se halla un corazón de melancolía, en la segunda, en medio de la tensión psíquica y la violencia se respira la compasión, el amor, la franqueza, los lazos instintivos, la amistad sin condiciones, viril, vedada e incomprensible para las mujeres. DeNiro está contenido, y resulta uno de los grandes papeles de su vida, Walken expresa como nunca el dolor de la tensión psíquica, del desfondamiento moral. Un disparo, dicen, solo un disparo, tanto para derribar a un ciervo como para acabar con un hombre. Un solo disparo.  

Sombras jungianas

| martes, 20 de septiembre de 2016 | 10:01

Posiblemente Freud sea más realista, pero Jung es mucho más literario. Y para un escritor como yo, resulta un verdadero placer leer cualquier ensayo del suizo. “Quizás nuestra representación no sea igual a la naturaleza de las cosas en sí”, con esta frase el defensor de los “arquetipos universales” introduce una bomba de relojería en la mentalidad occidental y aguarda tranquilamente mientras escucha el tic-tac a que el europeo medio salte por los aires. El inconsciente que juega con la conciencia, que la modifica; el inconsciente como disposición psíquica colectiva; las conexiones de su método analítico con las milenarias técnicas del budismo y el yoga… todo esto nos cuenta en sus “Escritos sobre la espiritualidad y trascendencia” editado por Trotta. Sus frases que resuenan en mi mente educada en la “razón práctica” con el mismo exotismo que si soltasen un tucán en medio de un edificio palladiano: “La única solución del mundo es irracional”, “los símbolos son los signos visibles de una realidad invisible”, “la razón es a la postre solo una más entre las posibles funciones espirituales”, “todo lo que existe terminará algún día por convertirse en su contrario”. Carl Gustav Jung escribe bien, con un estilo muy sugerente, repleto de alegorías, y compartas o no sus puntos de vista siempre resulta sustancioso, sobre todo cuando afirma que estamos repletos de sombras, demonios que se retuercen en nuestro interior, impulsos primitivos, indomesticables, que hemos de aprender a asimilar. Porque nosotros, como la vida, somos paradójicos, contradictorios, y afirma empero que lo unívoco es síntoma de debilidad. Cuando nos recuerda a Tertuliano: “Y muerto está el hijo de Dios, lo cual es realmente creíble, porque es absurdo. Y sepultado, resucitó; lo cual es seguro, porque es imposible”, no es más que para hacer comparativas con las paradojas de las doctrinas orientales: “El entendimiento que no entiende, eso es Buda. No hay otro”.  Crea usted en el dogma católico -o no-, en el budismo -o no-, en el Tao -o no-, en las doctrinas tibetanas, en el yoga, en el zen, en el Satori, en el Valhalla, en las huríes, en el Santo Bebedor… -o no-, este libro anima siempre a una cosa que yo considero importante: abandonar -de vez en cuando o definitivamente- la antigua forma de ver las cosas para que el mundo adquiera un nuevo sentido.