Ya es Ya

| martes, 23 de mayo de 2017 | 10:20

El suicidio de los organismos, las sangrientas victorias pírricas, los obstinados choques de trenes, el derrumbamiento de alianzas y baronías y comités federales y órganos de control… todas estas imágenes se confabulan en mi cabeza ante la victoria de Pedro Sánchez. La militancia ha depositado de nuevo el laurel en su frente marcoantoniana, cuyo venero es lo asambleario y lo populista en contra del aparato, que tendrá como consecuencias una sucesión de purgas y desgarros que van a poner contra las cuerdas al púgil socialista. Los bandazos de Sánchez proseguirán, de la nación de naciones culturales a la ideología marxista -si no le gustan estos principios, tengo estos otros-; del radicalismo de bases ideologizadas a la demagogia meliflua según con qué pie me levante. Los Podemitas -que no viene de poder, sino de podar-, aguardan a que nuestro hermoso tribuno se una a ellos y a los independentistas en un salto base al abismo populista. El problema no es solo del PSOE, sino de todos los ciudadanos que estaremos al albur de cada nueva ocurrencia sobre la plurinacionalidad española, la polarización extrema, las revanchas históricas, la solución en la calle de lo que no consigan en el parlamento… hasta que se enfrenten a la realidad, que no se dirime en el corralito de unos cuantos miles de militantes, sino en las elecciones generales, con el consiguiente estropicio, y sería el tercero. Se acabó el cabildeo para muñir las necesarias geometrías políticas, ahora solo habrá puño en alto y propuestas imbuidas no por el sentido común, sino por las emociones ciegas y un culto al líder que se va a cargar la descentralización del partido. Para ver el futuro solo hay que fijarse en los socialistas franceses o en los laboristas británicos. Cuenta Tácito que tras la victoria de Germánico contra Arminio, las ganas que les tenían a los queruscos eran tantas debido a la aniquilación seis años atrás de tres legiones en el bosque de Teutoburgo, que se hizo "una matanza que duró lo que el odio y el día". Me imagino que cuando le preguntaron a general romano que cuándo empezaban a meter cuchillo, este respondió: Ya es ya.   

La risa política

| domingo, 14 de mayo de 2017 | 11:05


Hay una escena iluminadora en El nombre de la rosa en la que Fray Guillermo de Baskerville mantiene un enfrentamiento dialéctico con Jorge de Burgos en el que se discute un tema apasionante: la licitud de la risa. Uno la defiende y el otro abomina de ella. La risa es propia del hombre, dice Fray Guillermo, es signo de su racionalidad, mientras Jorge escupe que es signo de estulticia, el hombre no cree en aquello de lo que ríe, por tanto reírse del mal implica no estar dispuesto a combatirlo, y reírse del bien significa desconocer su fuerza. Supongo que si estuvieran envueltos en las actuales polémicas sobre condenas y twitter también mantendrían una enjundiosa querella. A mi juicio condenar a una persona por un chiste no resulta ni prudente ni sensato. Hay chistes obscenos, homófobos, racistas, vejatorios… y algunos incluso tienen gracia, por muy bestias que sean. El problema es que antes se quedaban en la barra de los bares y ahora se hacen públicos vía redes sociales. El humor es un antídoto contra cualquier totalitarismo, y la libertad de expresión tiene estos inconvenientes; extender la acción de los tribunales ad infinitum es un gasto de tiempo y dinero, y además no sirve para nada. El caso Cassandra -que, por cierto, espero que se maneje con la misma jovialidad cuando le cuenten chistes de transexuales- no es más que un caso de estulticia e inmadurez que no puede ser judicializado a riesgo de poner a toda la sociedad en peligro. La guía de Fray Guillermo -tengan a Sean Connery en la cabeza- puede volver a sernos útil: “A menudo la risa sirve para confundir a los malvados y para poner en evidencia su necedad. Cuentan que cuando los paganos sumergieron a San Mauro en agua hirviente, este se quejó de que el baño estuviese tan frío; el gobernador pagano puso estúpidamente la mano en el agua para probarla, y se escaldó. Bello acto de aquel santo mártir, que ridiculizó así a los enemigos de la fe”. Condenar a la gente por un chiste puede provocar la autocensura, y si alguien hubiera tenido una guillotina virtual en la cabeza, no habrían sido posibles virguerías como La escopeta nacional, La vida de Bryan, algunas viñetas de la revista El Jueves, Fargo, American Psycho, Borat, los textos de Villiers de L´isle-Adam, el robot Bender de Futurama, la serie Black Mirror, los premios Darwin, los cómic de Fontanarrosa, Lolita…

El Padrino

| domingo, 7 de mayo de 2017 | 12:04

Yo creo en América. América me ha hecho rico… Desde los primeros fotogramas de la película en los que Amérigo Bonasera le suelta su filípica a Vito Corleone, sabías que estabas viendo algo grande. Hay algo clásico en sus imágenes deslumbrantes, en sus diálogos perturbadores… Habla Tácito en las primeras páginas de sus anales diciendo que lo primero que hizo Tiberio al ser emperador fue mandar matar a su hermanastro, suena a Flavio Josefo contando cómo Antípatro se abrió la túnica y aseguró que él no tenía que hablar porque ya lo hacían sus cicatrices. Cada personaje habla de nosotros, de cómo vivimos y morimos, del éxito y la humillación, de la estupidez y el sentido común, del amor y la traición… Ahora se cumplen 45 años de una de las obras de arte más importantes del siglo XX, y los protagonistas -faltaron John Cazale y Marlon Brando por fuerza mayor- se sacaron una foto en el festival de Tribeca. A partir del último sonido de la claqueta, fue muy fácil que las siguientes décadas el lenguaje popular se impregnase de sus diálogos que, como decía Preston Sturges, son esas cosas brillantes que te gustaría haber dicho pero que en su momento no se te ocurrieron. ¡Y vaya si las dijimos! Solo los autistas o los que no toman partido -y esos, según Dante, van directos a la peor zona del infierno- no ha soltado en alguna ocasión, “Un hombre que no pasa tiempo con su familia no puede ser un hombre de verdad”, “Mi padre le hizo una oferta que no pudo rechazar...”, “Trata de pensar como la gente a tu alrededor y sobre esa base todo es posible”, “Senador, ambos somos parte de la misma hipocresía, pero no la extienda a la familia”, “El poder agota a los que no lo tienen”, “Dinero y amistad… agua y aceite”, “Sé que fuiste tú, Fredo, me destrozaste el corazón…”, “Si algo nos ha enseñado la historia es que se puede matar a cualquiera”, “Deja el arma, coge los canoli”. Mi madre siempre me repitió que, siendo un crío hiperactivo, de las pocas ocasiones en que estuve tres horas quietecito fue cuando con tres años me llevo a ver El Padrino en un cine de Ribadesella. Hace también tres años, durante una estancia en casa de unos amigos en Long Island, tuve que cuidar a su hijo de un año y tampoco se paraba quieto. Puse la televisión por cable y había un bucle con la trilogía de El Padrino. Coloqué a Alessandro recto en el sofá, subí el volumen y le puse la escena en que Michael Corleone visita al señor Vitelli, el padre de Apollonia, para pedirle su mano y le revela quién es: “Algunas personas pagarían mucho por esa información, pero entonces su hija perdería un padre en lugar de ganar un marido”. Miré a Alessandro, era incapaz de apartar sus ojos de la pantalla, y yo respiré tranquilo. La nueva generación de devotos estaba garantizada.